28.6.17

Como arañas que se cuelgan por la boca de una viga


Primero es el chirrido de la sierra y el chak chak chak de la azuela de Cash aprestando el ataúd destinado a Addie, la madre agonizante; y luego, una vez muerta Addie, el rechinar de las ruedas de la carreta con el cuerpo de la difunta, camino del cementerio de Jefferson, a unas cincuenta millas del Recodo del Francés, para ser enterrada allí, pues esa era su voluntad que su marido, Anse Bundren, tenía que cumplir. Avanza el miserable cortejo escoltado por los buitres, sorteando la crecida del río y dando barquinazos por los caminos embarrados. Y los hijos: Cash, el hermano mayor, buen carpintero; Jewel, el hijo adulterino de Addie y un reverendo; Dewey Dell, la hija embarazada de un forastero que quiere abortar; Darl, desequilibrado e incendiario ("se necesitan dos personas para hacerte y una persona para morir. Así es como el mundo s se encamina  a su fin"); y el más pequeño, Vardaman, el niño asombrado ("mi madre es un pez").
Mientras yo agonizo  (1930) es una de las novelas que a principios de los años treinta contribuyó a consolidar el inconfundible mundo imaginado por Faulkner. La macabra odisea con tintes épicos de la familia Bundren está contada a través de los componentes de la familia y de sus vecinos, proporcionando así una visión caleidoscópica del relato y una multiplicidad de puntos de vista. La novela es técnicamente un tour de force (Faulkner dixit). De entre sus muchas imágenes me quedo con la que se halla en el único monólogo de Addie:
"Comprendí que el miedo había sido inventado por alguien que nunca había sentido miedo; y el orgullo por quien nunca había tenido orgullo. Comprendí que había sido eso, no que tuvieran las narices sucias, sino que nos habíamos tenido que usar unos a otros por medio de las palabras como arañas que se cuelgan por la boca de una viga, se balancean y retuercen sin tocarse nunca, y que solo por medio de la vara mi sangre podría mezclarse con la suya en una sola corriente". (Traducción de Mariano Antolín Rato).

24.6.17

Un poema de Browjohn

Alan Browjohn (n, 1931)

POEMA A LA MANERA DE PREVERT

En esta ciudad, tal vez una calle.
En esta calle, tal vez una casa.
En esta casa, tal vez una habitación
Y en esta habitación una nujer sentada,
Sentada en la oscuridad, sentada y llorando
Por alguien que acaba de salir por la puerta
Y que acaba de apagar la luz
Olvidando que ella estaba allí.

(Alan Browjohn, Collected Poems, 1983. Traducción: J.O.)

20.6.17

Afueras


Las afueras.
     No son muy distintas de las afueras de cualquier gran ciudad: arrabales, polígonos industriales, algún neón rojo formando la palabra Club (el lenguaje universal del reclamo).
     Siempre me han llamado la atención los barrios periféricos, con todos esos bloques abigarrados en los que habitan cientos, miles de personas que madrugan y cumplen con sus empleos y regresan exhaustos a esas viviendas raquíticas en edificios anodinos de tantas barriasas inhóspitas. Cada vez más. Cada vez peor.
     Me pregunto cómo han podido hacer esto, cómo han podido hacernos esto.
     Millones de vidas entregadas por casi nada.
     A la fuerza.
     Vivir para respirar.

(Juanjo Barral, Sobre la marcha. Ediciones de Baile del Sol, 2017).

15.6.17

Héroes y esclavos


Mesalina: ¿Por qué mo ordenas a un esclavo que haga esto? ¿O  es que te gusta vivir de rodillas?
Claudio: Con un tirano no hay más remedio que vivir de rodillas para no morir de pie.
Mesalina: ¿Y tú llevas la sangre de los césares?
Claudio: Roma estaba repleta de héroes. Ahora todos están muertos; y sus esposas, viudas.

(Demetrius y los gladiadores, 1954, de Delmer Daves. Guion de Philip Dunne).

11.6.17

Thoreau

David Henry Thoreau (1817-1862)

Sin duda David Henry Thoreau está de moda. En su bicentenario se multiplican las ediciones y reediciones de sus obras. Thoreau es el nuevo profeta en un tiempo de falsos profetas.
Pero no siempre ha habido tanta unanimidad en torno a la figura de este trascendentalista, paladín del conservacionismo y la vida retirada. Como ejemplo, he aquí la opinión de Jacques-Fernand Cahen en La literatura norteamericana (Barcelona, 1953):
",,, el verboso Thoreau ahoga en sermones los raros episodios que hubieran podido excitar el interés. Lo que cabe en una frase como, por ejemplo, que el hábito no hace al hombre ni su felicidad, le ocupa cinco o seis páginas; para probar la vanidad de la buena instalación, de las comodidades, del telégrafo (se saben siempre demasiado pronto las malas noticias), de los diarios (¿no es risible saber que tal princesa inglesa está resfriada?), de los ferrocarriles (se va más deprisa a pie, si se tiene en cuenta el tiempo que hay que invertir en ganar el precio del billete) emplea la misma extensión o acaso más. Todas estas diatribas están bien expresadas en su nervioso estilo, es cierto, pero no se llega jamás al final de tales disquisiciones. Sucede como en esos personajes de la ópera que, de cara al público, cantan: "¡Corramos aprisa, corramos!" y se pasan largos minutos inmóviles. Thoreau concluye treinta y seis páginas de alocuciones diciendo:"Apresurémonos en llegar a esta experiencia", para abandonarla tan pronto como la alcanzó."
"El peor juicio sobre Thoreau es el que nos ofrecen sus miles de admiradores, que leen la obra sentados en un buen sillón, a la luz de una lámpara eléctrica, con una buena calefacción central y demás comodidades. Es el libro de un idealista que sin duda tenía los pies sobre la tierra, pero la mirada entre las nubes."
    

6.6.17

El Pozo de los Deseos

Ford Madox Ford (1873-1939)

Winchelsea se ubica sobre un largo acantilado, parecido en aspecto al de Gibraltar. Dos millas de marismas lo separan de Rye. Alguna vez hubo mar en donde ahora está la marisma; algún día volverá a haberlo. Cuando hubo mar, todas las naves de Inglaterra recalaban en aquel desembarcadero. Y los Cinco Puertos y los dos Pueblos Antiguos proveían a todas las naves del Rey de Inglaterra, a cambio de ciertos privilegios. Un barón de los Cinque Ports todavía puede pasar a través de las puertas de peaje sin pagar y vender en todos los mercados sin impuestos.
En la cara del acantilado en que Winchelsea vira hacia Rye hay un arroyo que forma una hondura: el pozo de San Leonardo o el Pozo de los Deseos. El dicho es que una vez has bebido de esas aguas oscuras no descansarás hasta beber de nuevo. He visto -de hecho, los incentivé a ello- a tres americanos, Henry James, Stephen Crane y W. H. Hudson, beber de allí con las manos ahuecadas. Lo mismo hizo Conrad. Todos están ahora muertos.

(Ford Madox Ford, Amistades literarias, Ediciones Universdidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2010).